sábado, octubre 16, 2004

El cielo amarillo (2 de 3)

...al capítulo 1...

Andrés había conocido a Nadia en el instituto. Habían salido juntos un par de meses pero la cosa nunca había llegado a cuajar. Tras un año sin hablarse habían llegado a ser amigos y confidentes. Nadia me conoció gracias a él.

Yo había conocido a Andrés en la Facultad de Ciencias, el año que los dos abandonamos la carrera. Me había convertido en el primer forofo de su arte multimedia, de sus fotografías pintadas y retocadas. Yo había conocido a Nadia gracias a él.

Nos quería pero nunca nos había perdonado que nos quisiéramos más de lo que le queríamos a él. Cuando rompimos, Andrés siguió llamándome por teléfono durante un año o así, pero nunca pudo perdonarme que me fuera de la ciudad ni a Nadia que hubiera roto nuestro pequeño triángulo.

De cualquier manera, Andrés siempre salía perdiendo. Por eso resultaba tan extraño verle con cara de ganador.

Nadia carraspeó antes de encenderse otro cigarrillo, dejándome entender que esta era la historia de la que me había hablado por teléfono. La historia que le hacía temer que hubiese desarrollado una auténtica psicosis.

Dí un respingo involuntario. No me había dado cuenta de que Andrés me estaba cogiendo de las muñecas. Era un gesto tan extraño en él, siempre temeroso del contacto humano, que no podía creer lo que estaba viendo. Andrés cerró los ojos y comenzó a hablar con lentitud:
- Hace dos meses intenté suicidarme.
Un escalofrío me recorrió la espalda pero no me atreví a interrumpirle. Le habría dado un par de bofetadas, le habría golpeado con los puños, le habría gritado estúpido... pero no me sentía capaz de hacerle nada. No ahora. Por alguna extraña razón le veía intocable.

Andrés entreabrió los ojos y me miró fijamente. Oí cómo Nadia cogía una silla y se sentaba a nuestro lado, pero no fui capaz de desclavar la vista de la mirada de mi viejo amigo. Andrés prosiguió:
- Me dirigí a la Arboleda de Macanaz con una Gillette en el bolsillo de la chaqueta. Me pareció poético morir junto al Ebro, desangrándome junto a la orilla y ayudando a su caudal a crecer. Ya sabes cómo soy, ¿no?

"Era de noche, por supuesto: los criminales siempre actuamos al amparo de la oscuridad, ya lo sabes. Me senté junto a la orilla del río y saqué la cuchilla. La miré brillar bajo la luna durante minutos. Cuando por fin me decidí a acabar con todo, oí unos pasos en la hojarasca. Me giré lentamente, suponiendo que se trataría de uno de los yonquis que acuden a Macanaz a buscar jaco. Pero no, no lo era.

"Era un hombre de piel morena, vestido con una chaqueta de pana marrón y pantalones de vestir. Tendría sobre los cincuenta años. Se acercó a mí y se sentó a mi lado lentamente, como si temiera espantarme. No me dio ningún miedo. Es extraño, ¿verdad?, por lo menos en mí. El hombre se giró hacia mí, miró mi cuchilla y despues me preguntó:
- ¿Qué haces?
"La situación era tan extraña y tan absurda que no se me ocurrió otra cosa que contestarle la verdad:
- Intento matarme.
"El hombre asintió con comprensión mientras miraba el puerto de Helios.
- No me extraña. El mundo muchas veces parece más un infierno que un mundo, ¿verdad?
"Asentí mudamente, sentí la tension crecer en mi interior y finalmente no pude evitar echarme a llorar. El hombre me atrajo hacia sí y me dejó llorar sobre su hombro durante mucho tiempo, no sé, tal vez quince minutos. Cuando por fin me calmé, miré la cuchilla estúpidamente y la guardé en el bolsillo. Me sentía agotado, vapuleado, hecho polvo.
- No puedo. -murmuré.
- Bien, bien, eso es bueno.
"Le miré a la cara y me dí cuenta de que tenía los ojos azules, oscuros como un pozo de agua en el lecho de un río; no se por qué pero pensé que me recordaba a mi padre, a pesar de que él tiene los ojos marrones como toda mi familia paterna. El hombre sonrió y me dijo bajando la voz:
- Si tienes algo de tiempo te contaré un secreto.
"No me sentí capaz de responderle, pero él tomo mi silencio como una afirmación y me dijo con voz cómplice:
- El mundo que ves... no es el mundo de verdad...
"Le miré sin saber qué me quería decir. Él sonrió un poco más ampliamente y clavó su mirada en el río:
- Piensa en tus ojos, hijo. ¿Para que crees que te sirven?
- Para ver -respondí con la misma voz aborregada con la que respondía en el colegio a las preguntas del maestro.
"Él se giró hacia mí y su mirada se endureció:
- No...
"Le miré con perplejidad y escepticismo:
- ¿No?
- No.
- ¿Entonces...?
"El hombre cogió un guijarro entre los dedos y lo sostuvo, mirándolo fijamente:
- Los ojos sirven para filtrar la realidad, ¿sabes? Como una válvula que evita que entre un caudal demasiado grande en nuestro interior. Y lo mismo puede decirse del resto de nuestros sentidos.
"Le miré intrigado, creyendo ver en sus palabras ecos de alguna filosofía alternativa. Pero este hombre no hablaba de ideas, parecía estar hablando de la realidad:
- Los hombres nos creemos dueños del mundo pero no lo conocemos. Mira: sabes que muchos animales ven en blanco y negro, ¿verdad?
- Sssssí.
- ¿Te creerías capaz de explicarle a uno de ellos que tu chaqueta es de color rojo?
"Medité un segundo y respondí:
- No, supongo que no.
- Pues a nosotros nos pasa lo mismo. El mundo a nuestro alrededor es infinitamente más complejo de lo que creemos, pero sólo lo vemos en parte. La naturaleza cree que si lo viéramos todo nos volveríamos locos... o tal vez con demasiado control sobre ella.
"Seguí meditando en silencio y por fin respondí:
- ¿Y... y quién sabe cómo es el mundo de verdad?
"El hombre me sonrió de nuevo, ahora con afabilidad:
- Mucha gente, más de la que crees. Hay gente que sabe cómo mirar, cómo desconectar esos filtros.
- ¿Usted...?
- Por ejemplo...

Ya no pude aguantarme más e interrumpí a mi amigo:
- Andrés... ¿Qué intentas contarme?
Andrés sonrió:
- Ese hombre me hizo un regalo: me enseñó a ver el mundo. Y he descubierto muchas cosas sobre él.
Me sentía cada vez más inquieto. La historia era absurda, increíble, imposible... pero la mirada verde de mi amigo parecía corroborarla. La intensidad que emanaba de ella no era... no era normal:
- Descubierto... ¿Como... como qué?
- Que no es un infierno. Que en realidad es bello.
Miré a Andrés en silencio. Su sonrisa plácida me iba pareciendo cada vez más coherente. Ahora estaba realmente asustado.
- ¿Be... bello?
- Sí... Bellísimo...
La mano de Andrés me tocó la cara con ternura y me sentí extrañamente reconfortado, transportado a otro lugar. Nadia suspiró a mi lado y pronto salí de la momentánea ensoñación. Andrés sonrió:
- No te voy a negar que siga habiendo fealdad y maldad, no. Y tambien he visto que hay cosas que parecen bellas -dijo mirando a Nadia de reojo- y en realidad son sólo simple vacío, pero la belleza supera a estas dos ampliamente. Aunque...
Andrés soltó una pequeña carcajada irónica y continuó:
- ¿Sabes lo que más me sorprendió cuando finalmente pude ver el mundo tal y como es?
Negué con la cabeza, mi boca entrabierta colgando sin que yo puidese evitarlo. Andrés miró al techo con cara soñadora y susurró:
- El cielo...
- ¿El cielo?
Andrés sonrió de nuevo mientras bajaba la mirada:
- No es azul...


- Es amarillo.


Concluirá...


Entrada publicada originalmente en mi LiveJournal a 29 de abril de 2004 (y milagrosamente republicada teniendo en cuenta el grado de embriaguez del usuario Biyu en el momento actual)

Hoy me siento... (pero borracho)
Hoy suena a... Sloe T - My crew



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